Categorías

Desde pequeños nos separan por niveles según nuestras edades: benjamines, alevines, cadetes… Y no nos podemos mezclar para jugar con los chicos mayores. Fútbol, baloncesto, tenis… da igual, la regla es básica: prohibido subir o bajar de categoría. Da igual que un alevin le saque tres cabezas a un cadete o que un benjamín corra el doble que un junior.
Nunca entenderé esa obsesión de categorizarlo y dividirlo todo. Nos meten en burbujas de plástico en las que no debemos competir con los mayores ni con el sexo opuesto ¿por qué? ¿Para no hacernos daño? ¿Para no herir el orgullo del cadete que es derrotado por un pequeño? ¿Para que los pequeños no escuchen las historias de los mayores? ¿Para que no aprendamos la igualdad hombre-mujer?
Esta extraña división acaba, si no recuerdo mal, a los 18 años en los que ya podemos jugar con los mayores y con las chicas. De repente puedes competir con quien sea, cuando sea y en cualquier lugar. Por un sitio para aparcar el coche, por ese milímetro que queda libre en el vagón del metro y hasta por ese puesto de trabajo al que se presentan 50 candidatos. Se supone que ya no importa nada e impera la ley del más fuerte, del más rápido o del más inteligente.
Pues creo que es justo al contrario. Es ahí cuando importa a lo que juegas, con quien juegas y dónde lo haces porque es a partir de aquí cuando las cosas empiezan a dolernos de verdad.

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