La pastilla de jabón

No soy buen jugador de cartas porque no sé ocultar mis sentimientos. Al póker juego de pena y del mus mejor ni hablamos. Si me sacas del cinquillo pierdo. Todavía recuerdo las partidas de cartas con mis abuelos cuando iba a verles a su casa. Parece que fue ayer cuando echamos la última y eso que han pasado casi veinte años.

También recuerdo la pastilla de jabón de avena que tenían el baño, con la que me obligaban a lavarme las manos antes de comer. Me divertía jugando con ella pasándola de izquierda a derecha hasta que aparecía la abuela, me la quitaba y se acababa la diversión.

Estoy casi seguro de que los de mi quinta hemos nos hemos entretenido con la pastilla del lavabo y a todos nos ha salido disparada contra el espejo alguna vez; a los más revoltosos nos pasaba jugando y a otros sin querer, pero el caso es que se te caía de las manos. Por más que intentabas mover las manos rápido o apretar fuerte para que no se te escapara de las manos… nada, se te iba.
En el mejor de los casos, acababa en el lavabo y la podías coger sin demasiado esfuerzo. Con un poco de mala suerte, se caía sobre la encimera del baño golpeando algo, pero seguía a tu alcance y en el peor de los casos acababa en el suelo en la otra punta del baño. En mi caso eso era un fastidio porque para llegar al grifo tenía que subirme a una silla.
Con la llegada del jabón líquido, la pastilla desapareció de casa de mis abuelos hace muchos años pero aquella sensación de inseguridad ha vuelto.
Cuando tienes algo resbaladizo bien cogido entre las manos te sientes seguro, pero el más mínimo movimiento hará que acabe en el suelo. Por mucho esfuerzo que hagas sabes que hay posibilidades de que se te vaya y claro, el nudito es inevitable.

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La pastilla de jabón